Piti, las tardes que todavía recuerdo
Un regalo que me sigue llevando a sus brazos
Piti llegó a mi vida cuando tenía apenas dos años. Me lo regaló mi tío, sin imaginar que aquel peluche terminaría convirtiéndose en uno de los recuerdos más bonitos de mi infancia.
Cuando lo miro, no solamente veo un peluche. Veo las tardes jugando con mi tío, las risas, los momentos en los que el tiempo parecía no pasar y esa felicidad tan sencilla que uno siente cuando es pequeño y tiene a alguien con quien jugar.
Hoy mi tío ya no vive aquí. La vida nos llevó por caminos diferentes y aquellas tardes dejaron de ser parte de nuestra rutina.
Pero Piti se quedó.
Y qué curioso es que un objeto tan pequeño pueda guardar tantos momentos. Porque cada vez que lo veo, vuelvo a tener dos años. Vuelvo a esas tardes en las que mi tío estaba cerca, en las que jugar era el plan más importante del mundo y en las que nunca imaginé que algún día iba a extrañar tanto esos momentos.
A veces quisiera volver a ser esa niña, aunque fuera por una tarde. Sentarme a jugar con él, reírme de cualquier cosa y no tener que pensar en cuándo terminaría el día.
Quizás mi tío nunca supo que, además de regalarme un peluche, me estaba regalando un recuerdo al que podría regresar muchísimos años después.
Piti ya no es solamente el peluche que me regalaron cuando tenía dos años. Es una pequeña máquina del tiempo que me devuelve a las tardes en las que mi tío estaba aquí y yo todavía no sabía lo afortunada que era de tenerlo tan cerquita.
Hay personas que se van de la casa, pero encuentran la manera de quedarse en ella.
Para mí, una de esas maneras tiene nombre: Piti.
