Mi mano y la de Pedrito
En mi colegio había una tradición muy especial.
Antes de graduarnos, a cada uno nos asignaban un niño de primer grado para acompañarlo durante sus primeros años en el colegio. Yo tuve a Pedrito. Él se convirtió en mi ahijado.
Este papel guarda algo muy sencillo: la huella de mi mano y la huella de la suya.
Dos manos de tamaños completamente diferentes. La mía, de alguien que estaba a punto de terminar una etapa. La suya, de alguien que apenas estaba comenzando la suya.
Y qué bonito pensar que, por un momento, nuestros caminos se encontraron. Yo debía ser su madrina. Cuidarlo, acompañarlo, estar ahí para él. Pero con el tiempo entendí que estas relaciones nunca son de una sola dirección.
Porque mientras yo le enseñaba algunas cosas, él me recordó otras que había olvidado: que crecer también significa dejar espacio para acompañar a alguien más.
Pedro probablemente no recuerde cada momento que compartimos.
