Los domingos de Rummikub
Una partida que siempre me devuelve a ella
Este Rummikub guarda algo mucho más grande que fichas y números: guarda los domingos que compartía jugando con mi prima.
Era nuestra tradición. Cada domingo encontrábamos un momento para sentarnos a jugar, organizar las fichas, pensar nuestras jugadas, intentar ganarnos la partida y, por supuesto, celebrar cuando alguna de las dos lograba quedarse sin fichas.
En ese momento no pensaba que aquellos domingos fueran especiales. Simplemente eran domingos. Eran parte de nuestra rutina, de nuestra manera de compartir y de construir una relación sin necesidad de hacer grandes planes.
Hoy miro este juego y me doy cuenta de que extraño esas pequeñas cosas.
Extraño la emoción de cada partida, las conversaciones entre jugadas, las risas y hasta las ganas de ganar. Porque, al final, nunca se trató realmente de quién ganaba, sino de tener una excusa para sentarnos juntas una vez más.
Qué bonito es pensar que, sin saberlo, estábamos construyendo recuerdos mientras simplemente jugábamos.
Quizás algún día volvamos a sentarnos a jugar un domingo, como antes. Quizás ya seamos diferentes, tengamos otras responsabilidades y nuestras vidas hayan cambiado muchísimo.
Pero siempre voy a guardar este Rummikub porque me recuerda que hubo una época en la que mis domingos tenían una tradición, una compañera y un lugar especial.
Uno cree que está jugando para ganar una partida, pero con los años entiende que estaba jugando para construir recuerdos que algún día quisiera volver a vivir.
