El perfume de mi abuela
Mi abuela se ponía perfume antes de salir, incluso si solo iba a visitar a una vecina. Yo la seguía hasta el cuarto para verla escoger los aretes y acomodarse el pelo frente al espejo.
Cuando terminaba, le ofrecía mis muñecas. Ella sonreía, me ponía apenas un poquito y me decía que no las frotara. Yo salía caminando despacio, cuidando que nadie me tocara las manos.
Al volver a mi casa todavía podía sentir el olor en las mangas. Algunas noches acercaba el pijama a la cara antes de dormirme. Conservo estos frascos porque, cada vez que los abro, me acuerdo de su cuarto, de sus preparativos y de ese último abrazo que siempre me daba en la puerta.
