El parqués de la discordia
Cuando llovía, mis amigos terminaban en la sala de mi casa alrededor de este tablero. Cada uno tenía un color y nadie podía cambiarlo, aunque faltara alguien. Mi mamá nos dejaba una jarra de jugo y nos pedía que no perdiéramos las fichas.
Siempre había una discusión por las reglas. Andrés aseguraba que en su casa se jugaba distinto y nosotros sospechábamos que acababa de inventárselo. Podíamos pasar horas entre turnos, risas y alguna pequeña pelea.
Al recoger, revisábamos debajo de los muebles. Casi siempre aparecía una ficha junto a una galleta que nadie admitía haber dejado caer.
